domingo, 22 de abril de 2018

UN Carpe diem SIN ROPA

No creo que sea muy sano vivir cada día rodeado de árboles. De viento, de montañas y de ríos. No creo
que sea muy sano para nuestra especie.
Lo normal es sobrevivir a diario entre coches, entre ruído, entre edificios y entre calles asfaltadas. Rodeados de gente que no conocemos. Ser libre en un paso de peatones. En la publicidad que nos cura de la multitud que no sonríe. Conformarse con el olor a jabón del otro o con los goles de la jornada. Vamos,
en esta fiesta que es una fiesta:
Una casa decente, un coche de segunda mano, vacaciones si se puede, ir al supermercado vestido de domingo o divisar allá en el horizonte el puerto de llegada de la hipoteca... Eso es lo bueno. Lo grande. Lo sano del gimnasio. Lo que mueve el músculo de la vida. La naturaleza del siglo veintiuno.
En esto nos hemos convertido.

Resistir hasta el final del tiempo
oyendo sin escuchar a los ríos, subirse a los árboles sin doblar la rodilla, viajar con una pulserita junto a la nieve de la montaña en una nevera de plástico con alas hasta el mar con crema bronceadora en el bolsillo.
Con la palabra de algún otro, cuando tengas tiempo, y haga buen tiempo para leerla.

Que uno comprenda
que antes de dormir plácidamente en ese sueño nocturno
tiene que haber pagado las deudas.
No te puedes morir sin pagar las deudas
con los bosques, con las cordilleras y con los océanos. No las materiales. Las primeras deudas que uno contrae con la vida. Esas siempre hay que pagarlas.
Y entonces uno ya puede morir tranquilo y empezar a vivir el tiempo que ya no le queda cuando entiende
un segundo antes de desaparecer para siempre.
Un segundo antes de comprender que eres lo mismo que antes de haber nacido. En definitiva:
Qué ya pasó el tiempo.
Qué el tiempo existía y no era oro.
Que no le debes nada a nadie y todo te lo debes a ti mismo.
Que ahora ya es demasiado tarde o no todavía.

Que eso que llamaban tiempo resulta que era la vida.

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